Ir a la compra ya no contamina.

Compra sostenible

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En las últimas décadas, comerciantes y consumidores nos estamos esforzando por seguir pautas de consumo responsable que dejen el menor impacto posible sobre el planeta. Hemos avanzado mucho en este campo, pero queda más por hacer. La clave está en mantenernos firmes en el camino que hemos comenzado a andar. En exigir y en predicar con el ejemplo. No podemos permitirnos dar ni un paso atrás.

Recuerdo cuando las tiendas empezaron a cobrar las bolsas de plástico. Como un elemento disuasorio para que los clientes trajeran las bolsas de casa, para que usaran bolsas reutilizables. Entonces yo trabajaba en una tienda de un centro comercial. Cuando la empresa nos dio la orden, yo pensé que los clientes se iban a enfadar. A mí también me chocaba cuando iba al supermercado y me cobraban la bolsa. Entendíamos el sentido de la medida, pero nos resistíamos a aceptarla. Los cambios siempre cuestan, por pequeños que sean. Con el tiempo nos hemos acostumbrado. Ya nos sorprende cuando en un comercio nos regalan la bolsa.

Al año y medio, mi empresa dio un paso más allá. En lugar de entregar la compra en una bolsa de plástico, lo hacíamos en una bolsa de papel reciclado. La idea era buena, pero inoperativa. Si llenabas demasiado la bolsa, la bolsa se rompía. Los clientes abandonaban el mostrador, llevando la bolsa de papel en brazos como en esas películas americanas. Pero aquí las cosas no funcionan igual. En nuestro país tenemos otros hábitos de consumo. Cuando salimos a comprar, salimos a comprar. Terminamos con un montón de bolsas en cada mano. Y si es posible, con el coche aparcado cerca, para llenar a tope el maletero.

Estos eran los orígenes del consumo no contaminante. Las opciones de las que disponemos hoy en día son más variadas y mejor trabajadas. Pero también hay que decir que conviven con otras que no son tan respetuosas con el medioambiente. Nos conviene distinguirlas. Una parte de la protección del planeta descansa en los actos que hacemos cada uno de nosotros. En la lucha contra el cambio climático, todo suma. Te comento algunas alternativas y avances que hemos dado, orientados a minimizar el impacto ecológico de nuestras compras y por donde dicen los expertos que deberíamos seguir.

Las tiendas a granel.

El periódico Murcia Plaza señala que las tiendas a granel están de moda. Cada vez encontramos más tiendas de este tipo en nuestros barrios. Y no solo de comida; fruterías, tiendas de legumbres, frutos secos…; sino, incluso, droguerías y perfumerías a granel, que venden perfumes para rellenar un frasco vacío que traes de casa, o que distribuyen detergente y suavizante líquido para llevar en envases reutilizables.

Han aparecido, incluso, cadenas de tiendas especializadas en estos productos. Resultan atractivas para el consumidor, ya no solo porque son una alternativa ecológica, sino también porque muchas veces son más económicas que las opciones envasadas.

Jesús Pagán, director de una de estas franquicias murcianas, afirma que cuando una familia va a comprar, por cada 1.000 € que se gasta en la compra, 500 los está invirtiendo en los envases. Envases que la mayoría de las veces son de usar y tirar. La mayor parte de nuestros residuos domésticos son materiales de envasado.

Rosa, que regenta una tienda de alimentación a granel en el barrio de El Carmen, de Murcia, opina que es una compra más personalizada, más sostenible. El comprador compra la cantidad de producto que necesita. Sin verse obligado a adquirir paquetes con un peso determinado, que si no se termina el producto, tiene que tirarlo a la basura, puesto que acaba por estropearse.

Detrás de muchos de estos comercios hay proyectos interesantes, que van más allá del gesto de tener que traer el recipiente de casa. Fomentan el comercio de proximidad.

La compra de Kilómetro 0.

La compra de proximidad es una de las compras más responsables que podemos realizar. La revista Retema señala que el transporte representa el 19% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero de todo el sistema alimentario. Por tanto, si compramos productos de productores locales, la huella de carbono se reduce considerablemente.

Esta acción tiene un impacto económico directo en la economía local. Estamos impulsando el desarrollo de la agricultura, de la industria y del tejido productivo que hay en nuestra localidad, comarca o región, generando riqueza en la zona y fomentando la creación de puestos de trabajo.

Frente a la política de compras de las grandes cadenas de distribución, que suelen adquirir los productos allí donde más barato les sale, obligando a que los artículos recorran millones de kilómetros antes de colocarlos en los estantes del supermercado, nosotros, con nuestra compra de proximidad, intervenimos para que los beneficios de esa compra repercutan en la economía del lugar.

En el producto fresco, la compra de proximidad viene asociada con una mayor calidad. El periodista Juan Carlos Cueva explicó en el programa de televisión Directo Al Grano que cuando compramos tomates de kilómetro 0, el tomate está más tiempo en la mata, que es donde tiene que madurar, y menos tiempo en el transporte. Los tomates producidos lejos de nuestra residencia se cogen cuando aún están verdes. Por lo que terminan madurando en cámaras frigoríficas. Esta es una de las razones que hacen que los tomates que comemos no tengan sabor. La maduración en la planta, recibiendo los rayos del sol y alimentándose de los nutrientes de la tierra, permite que el fruto elabore una serie de azúcares que le aportan sabor, y que no se consigue cuando el tomate madura en un ambiente artificial. Por tanto, concluye el periodista, que si queremos disfrutar de frutas y verduras de calidad, lo mejor es comprarlas a productores locales de confianza.

Descubrir si un producto es de kilómetro 0 es sencillo. La ley obliga a los vendedores a informar sobre la procedencia de los alimentos. La podemos ver escrita en los carteles que se colocan al lado de los productos a granel, como en los cajones de las fruterías, o en las etiquetas de los productos envasados.

Bolsas biodegradables.  

Aunque seguimos utilizando bolsas de plástico, algunas de ellas no son como las antiguas, que contaminaban el planeta. Algunas bolsas que utilizamos son biodegradables. Se descomponen en la naturaleza sin dañarla.

Los fabricantes de Bioplásticos Alhambra, una empresa de bolsas de plástico de Granada creada en 1971, y que en las últimas décadas ha efectuado una importante inversión en I+D+I para transformar su producción en bolsas respetuosas con la naturaleza, explican que las bolsas biodegradables ponen en marcha un complejo sistema de economía circular. Estas bolsas, una vez utilizadas, se compostan para producir abono para el campo, y a su vez, la producción agrícola surte de materias primas para fabricar nuevas bolsas.

Este plástico ecológico no es un derivado del petróleo, sino que se fabrica a partir de almidones de productos naturales como el maíz, la patata o la caña de azúcar.

Las bolsas biodegradables son más finas y, en apariencia, más endebles, pero son igual de eficaces. Las podemos ver en los supermercados, en el área de frutería, para meter en ellas las piezas de fruta o verdura que compramos al peso. También se utilizan en muchas farmacias, para entregar las cajas de medicamento que han comprado los clientes.

Para aprovechar al máximo todo el potencial que tienen estas bolsas, es recomendable reciclarlas en el contenedor de residuos orgánicos. De esta manera, la empresa que se encarga de recoger y tratar estos residuos podrá llevarla a una planta de compostaje para darle un segundo uso en la agricultura.

Un detalle que hay que tener en cuenta es que estas bolsas no se descomponen en cualquier sitio. Es preciso someterlas a unas condiciones precisas de calor, presión y humedad para que se descompongan adecuadamente. Condiciones que se consiguen y se controlan en las plantas industriales de compostaje. Si las tiramos en el campo, o queremos compostarlas en un área de compost doméstico, es probable que tarde mucho tiempo en descomponerse.

Latas de aluminio reciclado.

Uno de los avances significativos en el cuidado del planeta es el reciclaje de las latas de conserva y las latas de refresco para producir más latas. Estas latas están fabricadas en aluminio. Un metal que se puede reciclar un número infinito de veces sin que pierda en ningún momento sus propiedades. Es además un metal dúctil, maleable e inoxidable, por lo que resulta ideal para fabricar recipientes para la conserva industrial de comidas y bebidas.

En nuestro país hay fabricantes de latas que realizan su producción al 100% con aluminio reciclado. Y es que es más económico trabajar con este material que con mineral recién extraído. Señala el blog de la cadena de supermercados Consumer que fabricar latas mediante el reciclado de aluminio ahorra un 95% de energía respecto a su fabricación desde 0, con aluminio que proviene de una mina. Este es uno de los índices de ahorro energético más altos que hay en el reciclaje de metales. Al reciclar acero, el ahorro energético es de un 75%.

Sabemos que la lata que hemos comprado proviene de aluminio reciclado porque tiene el símbolo del reciclaje en el etiquetado impreso de la lata o en la caja del empaquetado. Un símbolo que consiste en un triángulo formado por tres flechas verdes que giran sobre sí en un ángulo de 45°.

Para alimentar el reciclaje, es conveniente que las latas que utilicemos las reciclemos adecuadamente, que las tiremos en el contenedor amarillo, el contenedor de los envases. Este gesto facilita a la empresa que gestiona los residuos que, una vez separados y catalogados, se envíen a una fábrica de latas para producir nuevos envases.

El futuro del consumo sostenible.  

Todo lo que hemos visto hasta ahora son acciones que se llevan a cabo a día de hoy. Son una realidad. Pero, como estamos viendo, no son suficientes para revertir el deterioro del planeta. Por lo que tenemos que persistir en este camino.

La página web Pacto Mundial, un proyecto impulsado por la ONU, en el que colaboran algunos de los principales expertos en materia medioambiental de todo el mundo, señala que el futuro de la sostenibilidad ligado al consumo debe pasar por una colaboración activa entre las administraciones (gobiernos y entidades públicas), las empresas y los consumidores.

Una de las principales orientaciones de Pacto Mundial es avanzar hacia cadenas de suministro más sostenibles. La idea es sencilla: no basta con que una compañía cuide lo que hace dentro de sus instalaciones; también debe saber cómo trabajan sus proveedores. Por ejemplo, una empresa textil puede exigir que la fábrica que confecciona sus prendas respete los derechos laborales, reduzca el consumo de agua y pueda demostrar el origen de las materias primas.

La inteligencia artificial también tendrá un papel creciente en todo este proceso. Las empresas podrán utilizarla para analizar grandes cantidades de información, detectar riesgos ambientales y controlar consumos energéticos. Por ejemplo, una compañía podría identificar automáticamente qué proveedor presenta un mayor riesgo de incumplir determinadas normas ambientales y actuar antes de que aparezca un problema.

Otra de las tendencias señaladas es una mayor transparencia. Las empresas tendrán que explicar con mayor claridad qué impacto producen sus actividades y aportar datos que permitan comprobar sus afirmaciones. Esto pretende dificultar el greenwashing, es decir, presentar una actividad como más ecológica de lo que realmente es. Para los ciudadanos, puede traducirse en información más fiable a la hora de elegir productos y servicios.

El Pacto Mundial hace hincapié en la transformación del sistema alimentario. La agricultura y la producción de alimentos tendrán que adaptarse al cambio climático, mejorar la utilización de recursos y reforzar la trazabilidad. Esto puede afectar tanto a productores como a distribuidores y supermercados. Para el consumidor, el resultado debería ser disponer de una mayor información sobre el origen de los alimentos y sobre las condiciones ambientales y sociales en las que han sido producidos.

En todo este panorama que se nos abre, el papel del consumidor es clave. Debe informarse adecuadamente y optar por los productos y servicios que más protegen el planeta, haciendo un uso responsable de los productos que compra.

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